Es una noche fría y de lluvia. Demasiada tentación. El invierno recién empieza, sí, pero con los quilombos del clima uno nunca sabe cuánto va a durar. Aprovecho esta para poner un disquito de los iracundos. Ay, debo ser una reencarnación rápida de una chica provinciana de los 60... si no cómo se explica que poner los iracundos me transporte de esta manera, si podría jurar haber llorado con puerto mont, sobre una almohada con olor a old spice comprado a escondidas en el almacén, vertido sobre la funda y el cuerpo, el perfume de aquél de mis desvelos.
Esto de adolescentes muertas me recuerda una historia que me sacó el sueño muchas noches de mi tierna infancia, esta sí, la infancia, en los 70.
Mi paseo favorito del domingo era ir al cementerio. El cementerio de mi pueblo es un sitio hermoso, no sé cómo, pero siempre brilla el sol sobre un cielo maravillosamente azul, y ahí nomás, donde termina la última hilera de tumbas, las vacas pastan.
El itinerario era siempre el mismo. Antes que nada la tumba de mi abuelo Antonio, a quien no recordaba porque había muerto cuando yo tenía 3 años, pero que, en las historias que contaba mi madre, aparecía como un hermoso hombre europeo (era argentino, pero de padres suizos y con eso alcanzaba) que leía a Jules Verne luego de las agotadoras tareas de peón de campo. De Antonio y sus padres que estaban cerca, íbamos a la tumba de Manuela, la madre de mi abuela Siomara. A ella sí la recordaba bien, Manuela la del pelo violeta y el costurero de mimbre lleno de hojas de eucalipto que para ella eran billetes. Manuela tenía su propio árbol de dinero en el patio, bendita sea, quien no quisiera algo así. De ahí a otros vejetes muertos que no sabía quiénes habían sido. Y caminar varios senderitos hasta llegar a la tumba de la madre de mi padre. A quién él tampoco recordaba porque murió cuando era chiquito. Me impresionaba que su tumba estuviera toda azulejada de negro. Como si fuese un baño moderno.
Cumplidos los muertos familiares, venía lo más divertido que era vagar entre los muertos anónimos, saber de ellos lo que decían las lápidas, los mensajes, inventar el resto.
Cerca de los baños, que están a la entrada, se habían empezado a construir los nichos. En estos condominios de cadáveres, enfrentados, estaban los dos cuerpos de mis desvelos. Él, de 20 años, muerto en un accidente automovilístico. Bello en su foto de la Libreta de Enrolamiento, la foto más reciente, seguro, con unos ojos claros y lánguidos que algo anunciaban, que viéndolos de muerto, aventuraban el destino aciago de su dueño. En la pared de nichos enfrente, en diagonal, pero si uno miraba bien, mirándose a los ojos las dos fotos, ella, su novia viuda, muerta poco después, de una tremenda enfermedad. Hermosa también, ella, llena de vida, lista para parir todos los hijos que él le hubiese engendrado. Por supuesto, fue mi madre quien me advirtió del detalle de las fotos y me contó la historia, que no es más que lo que les cuento ahora, que eran novios y él se murió en un accidente y a los pocos años murió ella, soltera, y los vinieron a enterrar de este modo, casualmente, mirándose casi de soslayo, congelados para la eternidad. Ah, pero cómo flasheaba yo con esa imagen, la más romántica, creo, que experimenté en la vida. Una tensión erótica atravesaba el estrechísimo pasillo. Esos dos muertos, rabiosamente jóvenes, eran un despelote de sensualidad en el cementerio, se comían con la mirada, se accedían carnalmente si esto pudiera ser posible para un atado de huesos. No lo entendía así entonces, claro, pero esa debía ser la vibra que me hacía volver a sus tumbas cada domingo. Niña cabeza hueca nada más esperaba ser grande y enamorarme de uno que se muriese y morirme enseguida y que nos entierren de ese modo.
Hace frío ya, amigos... hace varias mañanas que espero el colectivo mal cantando esta canción porque no me sé la letra. Hilda Lizarazu hizo una linda versión hace poco, gastada por una serie chic lit de polka, pero bueno, está bien, Hilda también tiene que pagar el alquiler. Pero escuché su versión por primera vez en el progama de radio de Víctor Hugo y la recordé enseguida cantada por Los iracundos. No encontré una versión potable de ellos en youtube, pero los dejo con esta de una tana que se llama Nada (buen chiste para los misóginos) y que bien vale bailarla apretaditos, calentándonos hasta los tuétanos, olvidándonos de la gripe y todo eso.
http://www.youtube.com/watch?v=7UXjS430JBw&feature=related
miércoles 15 de julio de 2009
miércoles 1 de julio de 2009
Los números de la suerte
-Hay 28 palitos en el quini, compañera-, me dijo Carlitos una mañana.
Carlitos trabaja conmigo en el depósito de material biomédico del hospital. Tiene 50 años y vive en Granbourg. Su padre raptó a su madre cuando ella tenía 14 años y se la trajo de Catamarca a Isidro Casanova.
Todos los días a las 11 me dice: me voy al correo; y se cruza a la tómbola de enfrente a jugar a la quiniela. Dice "correo" como si le mandara cartas al azar o telegramas (porque después del 10 de cada mes, siempre anda tocando fondo). Nunca saca nada. Si sigue un número durante días, seguro sale cuando ya lo abandonó. Si tiene un pálpito a la mañana, lo juega a la vespertina y sale en la nocturna.
-28 millones-, digo-¿y cómo viene a ser lo del quini?
Me explica enseguida: una boleta, 4 pesos, seis números... ¿del 1 al 100?, interrumpo. No, del 1 al 45, dice. ¿Y por qué hasta el 45? No sabe, no importa. Está lindo, le digo. ¿Quiere que hagamos una boletita, compañera?, me tira la onda. Y dale, ¿por qué no? Vos elegí 4 números y yo elijo los otros 2, me dice, vamos a confiar en tu suerte de principiante.
Igual me aclara que de los 28 millones nos va a quedar un poco menos, por los impuestos.
Así quedamos.
Antes de despedirnos hasta el día siguiente -cuando íbamos a hacer la boleta- me dijo que en mi casa me concentre y piense bien en los números, que no era cuestión de elegir al tuntún.
-Está bien-, le dije -sólo voy a pensar en los números de la suerte.
-¿Y si lo sacamos qué vas a hacer?
Yo todavía no lo había pensado así que dije que tal vez comprarme una casa.
-¿Y vos?-, le dije.
-Yo... ¿en Miami hace calor ahora?
-Todo el año, creo.
-Bueno, primero me voy a calle Florida y me compro ropa en esos negocios bien pitucos. Después me voy una semanita a Miami.
-¿Y por qué no te vas más tiempo?
Se quedó pensando, quizá evaluando su agenda.
-Y sí... podría quedarme dos semanas... hay que ver.
Carlitos trabaja conmigo en el depósito de material biomédico del hospital. Tiene 50 años y vive en Granbourg. Su padre raptó a su madre cuando ella tenía 14 años y se la trajo de Catamarca a Isidro Casanova.
Todos los días a las 11 me dice: me voy al correo; y se cruza a la tómbola de enfrente a jugar a la quiniela. Dice "correo" como si le mandara cartas al azar o telegramas (porque después del 10 de cada mes, siempre anda tocando fondo). Nunca saca nada. Si sigue un número durante días, seguro sale cuando ya lo abandonó. Si tiene un pálpito a la mañana, lo juega a la vespertina y sale en la nocturna.
-28 millones-, digo-¿y cómo viene a ser lo del quini?
Me explica enseguida: una boleta, 4 pesos, seis números... ¿del 1 al 100?, interrumpo. No, del 1 al 45, dice. ¿Y por qué hasta el 45? No sabe, no importa. Está lindo, le digo. ¿Quiere que hagamos una boletita, compañera?, me tira la onda. Y dale, ¿por qué no? Vos elegí 4 números y yo elijo los otros 2, me dice, vamos a confiar en tu suerte de principiante.
Igual me aclara que de los 28 millones nos va a quedar un poco menos, por los impuestos.
Así quedamos.
Antes de despedirnos hasta el día siguiente -cuando íbamos a hacer la boleta- me dijo que en mi casa me concentre y piense bien en los números, que no era cuestión de elegir al tuntún.
-Está bien-, le dije -sólo voy a pensar en los números de la suerte.
-¿Y si lo sacamos qué vas a hacer?
Yo todavía no lo había pensado así que dije que tal vez comprarme una casa.
-¿Y vos?-, le dije.
-Yo... ¿en Miami hace calor ahora?
-Todo el año, creo.
-Bueno, primero me voy a calle Florida y me compro ropa en esos negocios bien pitucos. Después me voy una semanita a Miami.
-¿Y por qué no te vas más tiempo?
Se quedó pensando, quizá evaluando su agenda.
-Y sí... podría quedarme dos semanas... hay que ver.
viernes 5 de junio de 2009
miércoles 27 de mayo de 2009
Cómo ser una buena ama de casa
Este fin de semana largo fui a la casa de mi madre. Hablando de bueyes perdidos me dijo: encontré tu libro, te acordás, el de las amas de casa?!
Cómo encontré?!
Sí, pensé que se había perdido.
Cómo perdido?!
No había pensado en años en ese libro pero lo creía cobijado en el seno de mi casa materna! Cómo que perdido?! repetí ofendidísma.
Bueno, no sé, no aparecía, pensé que en algún momento lo ibas a reclamar. (Yo soy de esas que alguna vez recuerdan un paraíso perdido y lo reclaman.)
Justamente, lo quiero ahora mismo.
Estábamos a la medianoche en el dormitorio haciendo lío con mi hermana y Gotita (que es su hijo y mi ahijado y el nieto de mi madre y nos tiene a las tres locas perdidas). Bajó mi madre las escaleras y volvió con el libro. Tan lindo como lo recordaba. Qué placer.
Susana, la protagonista del libro, que tenía un par de amigos negros y organizaba reuniones divinas en su casa. Te enseñaba de todo: armar una mesa navideña, tortas riquísimas, un guiso pulenta para el invierno, y hasta a hacer unas bolsas preciosas para guardar la ropa interior.
Fue una dicha recuperar ese libro que ni siquiera sabía perdido. Creo que todavía puedo aprender un montón de cosas releyéndolo.
Sin ir más lejos al día siguiente le dije a mi madre que me enseñara a hacer una pasta flora. Mi hermana al instante me dijo: si ahí en el libro tenés la receta. Y tenía razón. Susana, la amiga interracial, da una receta súper simple, como para que la haga una chica de 10 años!
Lo hojeé esa noche, todo era como lo recordaba (por qué me había olvidado de ese libro, por dios?!) y lo metí en mi bolso de viaje. Mi hermana me miró esquiva: te lo vas a llevar, dijo. Es mío, no?, dije. Antes de guardarlo miré la contratapa: había un montón en la misma colección: cómo cuidar a los hijos, como cuidar el jardín, cómo confeccionar ropa. Me sentí desamparada. Quizá de haber tenido la colección completa hubiera sido una chica normal.
Cómo encontré?!
Sí, pensé que se había perdido.
Cómo perdido?!
No había pensado en años en ese libro pero lo creía cobijado en el seno de mi casa materna! Cómo que perdido?! repetí ofendidísma.
Bueno, no sé, no aparecía, pensé que en algún momento lo ibas a reclamar. (Yo soy de esas que alguna vez recuerdan un paraíso perdido y lo reclaman.)
Justamente, lo quiero ahora mismo.
Estábamos a la medianoche en el dormitorio haciendo lío con mi hermana y Gotita (que es su hijo y mi ahijado y el nieto de mi madre y nos tiene a las tres locas perdidas). Bajó mi madre las escaleras y volvió con el libro. Tan lindo como lo recordaba. Qué placer.
Susana, la protagonista del libro, que tenía un par de amigos negros y organizaba reuniones divinas en su casa. Te enseñaba de todo: armar una mesa navideña, tortas riquísimas, un guiso pulenta para el invierno, y hasta a hacer unas bolsas preciosas para guardar la ropa interior.
Fue una dicha recuperar ese libro que ni siquiera sabía perdido. Creo que todavía puedo aprender un montón de cosas releyéndolo.
Sin ir más lejos al día siguiente le dije a mi madre que me enseñara a hacer una pasta flora. Mi hermana al instante me dijo: si ahí en el libro tenés la receta. Y tenía razón. Susana, la amiga interracial, da una receta súper simple, como para que la haga una chica de 10 años!
Lo hojeé esa noche, todo era como lo recordaba (por qué me había olvidado de ese libro, por dios?!) y lo metí en mi bolso de viaje. Mi hermana me miró esquiva: te lo vas a llevar, dijo. Es mío, no?, dije. Antes de guardarlo miré la contratapa: había un montón en la misma colección: cómo cuidar a los hijos, como cuidar el jardín, cómo confeccionar ropa. Me sentí desamparada. Quizá de haber tenido la colección completa hubiera sido una chica normal.
domingo 10 de mayo de 2009
Un relato de sexo salvaje
Elegí la silla que pude. Cuando llegué la reunión había empezado y estaban todos ubicados, ya era tarde para encontrar un lugar estratégico que permitiera una entrada gradual al ágape sorpresivo.
Esa misma tarde había recibido un mail de invitación y la sorpresa me dejó claro que no podía desatender el asunto ni excusarme en ningún no tengo lo qué ponerme.
Pues compré vino y fui. Ya en el viaje me di cuenta que me había puesto una chomba color arena y ése signo me deschavó ante mi mismo: cuando me enfrento a una situación de arenas movedizas me visto de nardo. El artículo chomba pertenece al mundo real y el artículo mundo real pertenece al estante más freak de la oficina de objetos perdidos del Ferrocarril Nacional de Burkina Faso.
Cuando finalmente me senté quedé en el lugar acostumbrado: una esquina de la mesa que estaba demasiado expuesta pero a la que a la vez, por la dinámica que se había impuesto en la charla, todos le daban la espalda. Al principio nadie se movió y eso un poco me tranquilizó, era lo esperable: sigo siendo invisible aunque quedo expuesto en el rincón, un tramo de Siberia que sigue iluminado por el único foquito puto que resiste la presión del frío. El rincón iluminado al que caigo desde siempre sin querer y sin poder evitar el magnetismo.
Cuando empezamos a comer me sentía bastante más cómodo de lo acostumbrado, la invitación me había conmovido y trataba de estar a la altura de las circunstancias sin exagerar nada. (Esa es una inusual donación al mundo de mi parte.)
Supongo que la misma comodidad hizo que las espaldas se movieran para ofrecerme sus flancos, de modo que quedé integrado, presidiendo la contra cabecera de la mesa, como en un contra comando al que también caigo por un imán que no sé quién mierda me pegó al nacer y que, si fuera por mí, ahora estaría pegando el teléfono de una remisería a la puerta de la heladera.
Supongo que el tinto fue el dulce socorro, el habitual ejército de salvación en las reuniones, y que mi estratagema de generar un terreno incierto (que nadie logre confirmar si hablo en serio o estoy chisteando y patear el tablero cuando alguien parece haberme descubierto) estaba funcionando.
La velada cobraba ritmo y en algo me hacía acordar a los asaltos de los trece, al son de Rockollection de Laurent Voulzy, (un disco que entonces me arrasada el porvenir de angustia porque no confiaba en que algo pudiera superarlo).
Todos parecíamos entregados a un suave tonteo y conocidos y desconocidos participábamos con idéntico handicup. La estoy pasando bien, me dije.
Comimos ceviche, uno de mis platos favoritos, y hacia el final del bocado alguien propuso jugar a la botellita.
Tres décadas después participaba del mismo juego que me producía el mismo encanto, el mismo espanto, la misma inadecuación y tres décadas de terapias diversas después, me descubría en el mismo lugar interno, con los mismos pensamientos melancólicos, las mismas fantasías de entonces y espantado.
La puta punta de la botellita se detuvo delante de mí y tuve que besar al poeta señalado por el otro extremo que era el homenajeado de la noche: apenas nos rozamos los labios como para zafar de la obligación y el desencanto general se hizo notar con murmullos contundentes.
La puta punta de la botellita no me volvió a señalar, ni tampoco el culo, en toda la noche; pero en un momento, una de las señoritas (como una Soledad Silveyra en Quiero besarlo señor) se levantó, cruzó el comedor, llegó hasta mí y dijo que iba a besarme.
Fue estupendo. Una abrasadora pasión desató mi boca y me sentí el rubio pelilargo de una de esas tapas de novela rosa que se venden en los Wall Mart de Oklahoma. Disfruté como pavo al tiempo que la concurrencia se recuperaba de la tibieza anterior y expresaba su entusiasmo con exclamaciones aprobatorias.
El juego, justo cuando parecía empezar a ponerse bueno y generar consecuencias que implicaban un allende la noche, se diluyó en el océano abúlico de una charla desprolija que incluía tópicos más maduros: recuerdo que alguien hablaba de cine y que otros se trenzaban en lo esperable.
Pero en un punto ésa fue mi noche de suerte, casi lo más salvaje que recuerdo: otra de las chicas se levantó, se sentó a mi lado y como la sirena desairada del video de Sade me dijo: nadie me besó, quiero besarte.
La concurrencia amodorrada otra vez pareció festejar el evento delicioso pero rápidamente volvió a lo suyo y cuando terminó mi participación Melody con las chicas me dediqué a pensar estrategias de pliegue y repliegue; alguna frase más o menos ocurrente que me permitiera participar de una charla sin sobresaltos.
En medio de eso, una conversación animada y sin demasiadas expectativas, el chico lindo de la noche (sí, había un chico lindo esa noche) me dijo entre carcajadas y como una especie de piropo lavado de toda intención: ¿vos sabés que no sos normal, no?
Gracias encanto, pensé en contestarle, gracias por recordarme que mi vida es mi vida y que el puto de Solondz debe estar escondido, cámara en mano, para acumular material para su repisa de aparatos pasibles de celuloide.
En realidad, yo hubiera seguido el juego de los trece y hasta hubiera besado a todas y a todos con tal de que en algún momento la botellita me señalara otra vez y señalara al chico ése; el único chico que me pareció lindo y bueno en los últimos ¿40 años?
Esa misma tarde había recibido un mail de invitación y la sorpresa me dejó claro que no podía desatender el asunto ni excusarme en ningún no tengo lo qué ponerme.
Pues compré vino y fui. Ya en el viaje me di cuenta que me había puesto una chomba color arena y ése signo me deschavó ante mi mismo: cuando me enfrento a una situación de arenas movedizas me visto de nardo. El artículo chomba pertenece al mundo real y el artículo mundo real pertenece al estante más freak de la oficina de objetos perdidos del Ferrocarril Nacional de Burkina Faso.
Cuando finalmente me senté quedé en el lugar acostumbrado: una esquina de la mesa que estaba demasiado expuesta pero a la que a la vez, por la dinámica que se había impuesto en la charla, todos le daban la espalda. Al principio nadie se movió y eso un poco me tranquilizó, era lo esperable: sigo siendo invisible aunque quedo expuesto en el rincón, un tramo de Siberia que sigue iluminado por el único foquito puto que resiste la presión del frío. El rincón iluminado al que caigo desde siempre sin querer y sin poder evitar el magnetismo.
Cuando empezamos a comer me sentía bastante más cómodo de lo acostumbrado, la invitación me había conmovido y trataba de estar a la altura de las circunstancias sin exagerar nada. (Esa es una inusual donación al mundo de mi parte.)
Supongo que la misma comodidad hizo que las espaldas se movieran para ofrecerme sus flancos, de modo que quedé integrado, presidiendo la contra cabecera de la mesa, como en un contra comando al que también caigo por un imán que no sé quién mierda me pegó al nacer y que, si fuera por mí, ahora estaría pegando el teléfono de una remisería a la puerta de la heladera.
Supongo que el tinto fue el dulce socorro, el habitual ejército de salvación en las reuniones, y que mi estratagema de generar un terreno incierto (que nadie logre confirmar si hablo en serio o estoy chisteando y patear el tablero cuando alguien parece haberme descubierto) estaba funcionando.
La velada cobraba ritmo y en algo me hacía acordar a los asaltos de los trece, al son de Rockollection de Laurent Voulzy, (un disco que entonces me arrasada el porvenir de angustia porque no confiaba en que algo pudiera superarlo).
Todos parecíamos entregados a un suave tonteo y conocidos y desconocidos participábamos con idéntico handicup. La estoy pasando bien, me dije.
Comimos ceviche, uno de mis platos favoritos, y hacia el final del bocado alguien propuso jugar a la botellita.
Tres décadas después participaba del mismo juego que me producía el mismo encanto, el mismo espanto, la misma inadecuación y tres décadas de terapias diversas después, me descubría en el mismo lugar interno, con los mismos pensamientos melancólicos, las mismas fantasías de entonces y espantado.
La puta punta de la botellita se detuvo delante de mí y tuve que besar al poeta señalado por el otro extremo que era el homenajeado de la noche: apenas nos rozamos los labios como para zafar de la obligación y el desencanto general se hizo notar con murmullos contundentes.
La puta punta de la botellita no me volvió a señalar, ni tampoco el culo, en toda la noche; pero en un momento, una de las señoritas (como una Soledad Silveyra en Quiero besarlo señor) se levantó, cruzó el comedor, llegó hasta mí y dijo que iba a besarme.
Fue estupendo. Una abrasadora pasión desató mi boca y me sentí el rubio pelilargo de una de esas tapas de novela rosa que se venden en los Wall Mart de Oklahoma. Disfruté como pavo al tiempo que la concurrencia se recuperaba de la tibieza anterior y expresaba su entusiasmo con exclamaciones aprobatorias.
El juego, justo cuando parecía empezar a ponerse bueno y generar consecuencias que implicaban un allende la noche, se diluyó en el océano abúlico de una charla desprolija que incluía tópicos más maduros: recuerdo que alguien hablaba de cine y que otros se trenzaban en lo esperable.
Pero en un punto ésa fue mi noche de suerte, casi lo más salvaje que recuerdo: otra de las chicas se levantó, se sentó a mi lado y como la sirena desairada del video de Sade me dijo: nadie me besó, quiero besarte.
La concurrencia amodorrada otra vez pareció festejar el evento delicioso pero rápidamente volvió a lo suyo y cuando terminó mi participación Melody con las chicas me dediqué a pensar estrategias de pliegue y repliegue; alguna frase más o menos ocurrente que me permitiera participar de una charla sin sobresaltos.
En medio de eso, una conversación animada y sin demasiadas expectativas, el chico lindo de la noche (sí, había un chico lindo esa noche) me dijo entre carcajadas y como una especie de piropo lavado de toda intención: ¿vos sabés que no sos normal, no?
Gracias encanto, pensé en contestarle, gracias por recordarme que mi vida es mi vida y que el puto de Solondz debe estar escondido, cámara en mano, para acumular material para su repisa de aparatos pasibles de celuloide.
En realidad, yo hubiera seguido el juego de los trece y hasta hubiera besado a todas y a todos con tal de que en algún momento la botellita me señalara otra vez y señalara al chico ése; el único chico que me pareció lindo y bueno en los últimos ¿40 años?
Este no soy yo. Es Todd Solondz adolescente.

miércoles 1 de abril de 2009
Cuando me muera quiero que me toquen cumbia
Vengo de leer este libro de crónicas de Cristian Alarcón. Aclaro que desde hace tiempo no puedo leer si no cuentos, cualquier historia de más de 10 páginas me agobia de entrada. Hace un montón que no leo una novela. Pero cayó el libro de Alarcón en mis manos y no pude soltarlo. Recuperé el gusto de leer en el colectivo algo que me atrape tanto como para no estar cogoteando por la ventanilla cada dos o tres cuadras y termine pasándome siempre la parada.
Cuando me muera, como lo dice el subtítulo, es una historia de la vida de pibes chorros después de la muerte del Frente Vital, otro pibe chorro, fusilado por la policía, devenido mártir y santo para sus pares vivos que, antes de los atracos, le llevan ofrendas a la tumba y le piden protección contra las balas enemigas.
El libro se deja leer como si fuera una novela, una historia del far west moderno. Es que uno se deja seducir por la prosa ágil y directa de Alarcón a la que no le faltan momentos poéticos, para nada ficcionales, que derivan de las vidas que se cuentan. La historia de Matilde, la madre de una banda de pibes chorros que, de adolescente, se escapa de su casa y cae en un campamento de gitanos; un gitano se enamora de ella y quiere casarse (es así con los gitanos, el matrimonio no se puede evitar si uno está realmente prendado), entonces debe huir otra vez, una amiga gitana la acompaña, no son chicas que quieran atarse a un hombre y un mandato, se refugian las dos en la casilla de unos amigos en el Tigre, una noche hasta allí llegan los gitanos a buscarlas, Matilde escapa de nuevo, su amiga no tiene tanta agilidad o tanta suerte... según como se mire pues Matilde terminará acollarada a un hombre que es bueno al principio pero después terminará siendo como todos los hombres de esta historia: encantador primero, mujeriego y golpeador enseguida. O la historia de la Mai umbanda de la Villa, Marga, descendiente de una estirpe de delincuentes: sobrina de un contrabandista, esposa y madre de chorros con códigos, protectora de ladroncitos que, una vez al día, se pone su pollera floreada y es tomada por la Africana, una entidad que habla en dudoso portugués y es la mediadora con la muerte villera, degollando gallinas y haciendo ofrendas a Ogún que no es otro que el mismo San Jorge, protector de la Policía. Y la historia de Nadia, la chica de clase media que creció en una casa linda en San Fernando, con un padre con trabajo y buen pasar al que un buen de día de estos le empezó a ir muy mal y terminaron todos hacinados en la Villa; Nadia, la hermana de delincuentes que, visitando a uno de sus hermanos en la cárcel, termina enamorada de Mauro, el padrino del Frente Vital, el que le enseñó los códigos, quizá, Maurito, el último baluarte moral de la delincuencia antes del menemismo. El Mauro, un muchacho hermoso deseado por todas las mujeres, que salió de la cárcel portador de HIV y la arruinó a Nadia para siempre cuando dejaron el forro para buscar un nene. Nadia no se lo perdona y nunca podremos entender si sigue con él por desprecio o por amor. Y la madre del mismo Frente, que trabaja de seguridad en un supermercado, que muchas veces le pidió a la policía que se lleve a su hijo para escarmiento, que confió en la misma ley que, cuando pudo, lo mató como a un perro, desarmado y con los brazos en alto, entregándose.
Las mujeres son una parte fundamental en esta historia: son las que amparan, las que protegen, las que denuncian, las que en un momento buscan apoyo en la policía y, finalmente, desengañadas, con el cadáver fresco de los hijos entre los brazos terminan enfrentándose a los uniformados. Y son también las que engañan y traicionan: los pibes chorros son pasionales y románticos, se dejan enredar por las polleras (los jeans ajustados) de las chicas que acaban siendo verdugas, entregadoras: los pibes se cagan a tiros por una chica: por qué no? El futuro es tan improbable que un puñado de balas por amor o por desengaño es, tal vez, la muerte más dulce.
En un capítulo del libro, Alarcón está sentado a una mesa tomando mate con las novias del Frente: todas lo quisieron, todas lo odiaron cuando rompieron el noviazgo; ahora son todas viudas en cierto modo. Cuentan anécdotas del novio y todas se ríen. Hay una, María, que lo dejó mientras estaba preso, por su amigo Chaías y tiene dos hijos con él: es la que, al parecer, sigue enamorada. Pero todas hablan de una que fue el verdadero amor del Frente, una chica que se fue a vivir a Concordia (tal vez esté inventando lo de Concordia, era un lugar de Entre Ríos, pero me acordé de El pibe de los astilleros, de los Redondos y cabe), pues bien, parece que esa linda damita fue la que encarceló el corazón del santo. No dejo de preguntarme si ella sabrá lo que fue de el Frente; si sabrá que aquel noviecito que tuvo en su paso por el Conurbano está muerto y es prácticamente un santo y hay un libro dedicado a contar sus andanzas. Me pregunto si, de saberlo, le importará. Supongo que sí: no todos los días nos toca haber sido la novia de un mártir. Quizá es mejor que no lo sepa. En una de esas está casada con un hombre que no quiera saber nada de eso (¿cómo se compite con un Frente en el prontuario amoroso de tu esposa?). En una de esas es mejor que no lo sepa, que no se entere que el corazón atravesado por la bala llevaba todavía su nombre (¿cómo se lidia con eso?).
Me fui por las ramas: es que este libro me ha gustado tanto que quisiera contarles todas mis impresiones. Me ha gustado y desanimado al mismo tiempo: esto que cuenta Alarcón es de verdad: lo puedo leer desde la incierta comodidad del asiento del 96, lo puedo leer como una novela pero no soy idiota...
Cuando vi la película La virgen de los sicarios (no leí la novela), le pregunté a una amiga colombiana cómo se podía vivir así. Era el 2001. Ella me dijo: uno se acostumbra. Y es verdad: uno se acostumbra.
Busqué esta canción "Cuando me muera quiero que me toquen cumbia", que es la que escuchó el mejor amigo de el Frente, en la cárcel, cuando le avisaron que había caído su amigo; la busqué en you tube y no la encontré: si alguien sabe dónde que me avise, me gustaría escucharla.
Cuando me muera, como lo dice el subtítulo, es una historia de la vida de pibes chorros después de la muerte del Frente Vital, otro pibe chorro, fusilado por la policía, devenido mártir y santo para sus pares vivos que, antes de los atracos, le llevan ofrendas a la tumba y le piden protección contra las balas enemigas.
El libro se deja leer como si fuera una novela, una historia del far west moderno. Es que uno se deja seducir por la prosa ágil y directa de Alarcón a la que no le faltan momentos poéticos, para nada ficcionales, que derivan de las vidas que se cuentan. La historia de Matilde, la madre de una banda de pibes chorros que, de adolescente, se escapa de su casa y cae en un campamento de gitanos; un gitano se enamora de ella y quiere casarse (es así con los gitanos, el matrimonio no se puede evitar si uno está realmente prendado), entonces debe huir otra vez, una amiga gitana la acompaña, no son chicas que quieran atarse a un hombre y un mandato, se refugian las dos en la casilla de unos amigos en el Tigre, una noche hasta allí llegan los gitanos a buscarlas, Matilde escapa de nuevo, su amiga no tiene tanta agilidad o tanta suerte... según como se mire pues Matilde terminará acollarada a un hombre que es bueno al principio pero después terminará siendo como todos los hombres de esta historia: encantador primero, mujeriego y golpeador enseguida. O la historia de la Mai umbanda de la Villa, Marga, descendiente de una estirpe de delincuentes: sobrina de un contrabandista, esposa y madre de chorros con códigos, protectora de ladroncitos que, una vez al día, se pone su pollera floreada y es tomada por la Africana, una entidad que habla en dudoso portugués y es la mediadora con la muerte villera, degollando gallinas y haciendo ofrendas a Ogún que no es otro que el mismo San Jorge, protector de la Policía. Y la historia de Nadia, la chica de clase media que creció en una casa linda en San Fernando, con un padre con trabajo y buen pasar al que un buen de día de estos le empezó a ir muy mal y terminaron todos hacinados en la Villa; Nadia, la hermana de delincuentes que, visitando a uno de sus hermanos en la cárcel, termina enamorada de Mauro, el padrino del Frente Vital, el que le enseñó los códigos, quizá, Maurito, el último baluarte moral de la delincuencia antes del menemismo. El Mauro, un muchacho hermoso deseado por todas las mujeres, que salió de la cárcel portador de HIV y la arruinó a Nadia para siempre cuando dejaron el forro para buscar un nene. Nadia no se lo perdona y nunca podremos entender si sigue con él por desprecio o por amor. Y la madre del mismo Frente, que trabaja de seguridad en un supermercado, que muchas veces le pidió a la policía que se lleve a su hijo para escarmiento, que confió en la misma ley que, cuando pudo, lo mató como a un perro, desarmado y con los brazos en alto, entregándose.
Las mujeres son una parte fundamental en esta historia: son las que amparan, las que protegen, las que denuncian, las que en un momento buscan apoyo en la policía y, finalmente, desengañadas, con el cadáver fresco de los hijos entre los brazos terminan enfrentándose a los uniformados. Y son también las que engañan y traicionan: los pibes chorros son pasionales y románticos, se dejan enredar por las polleras (los jeans ajustados) de las chicas que acaban siendo verdugas, entregadoras: los pibes se cagan a tiros por una chica: por qué no? El futuro es tan improbable que un puñado de balas por amor o por desengaño es, tal vez, la muerte más dulce.
En un capítulo del libro, Alarcón está sentado a una mesa tomando mate con las novias del Frente: todas lo quisieron, todas lo odiaron cuando rompieron el noviazgo; ahora son todas viudas en cierto modo. Cuentan anécdotas del novio y todas se ríen. Hay una, María, que lo dejó mientras estaba preso, por su amigo Chaías y tiene dos hijos con él: es la que, al parecer, sigue enamorada. Pero todas hablan de una que fue el verdadero amor del Frente, una chica que se fue a vivir a Concordia (tal vez esté inventando lo de Concordia, era un lugar de Entre Ríos, pero me acordé de El pibe de los astilleros, de los Redondos y cabe), pues bien, parece que esa linda damita fue la que encarceló el corazón del santo. No dejo de preguntarme si ella sabrá lo que fue de el Frente; si sabrá que aquel noviecito que tuvo en su paso por el Conurbano está muerto y es prácticamente un santo y hay un libro dedicado a contar sus andanzas. Me pregunto si, de saberlo, le importará. Supongo que sí: no todos los días nos toca haber sido la novia de un mártir. Quizá es mejor que no lo sepa. En una de esas está casada con un hombre que no quiera saber nada de eso (¿cómo se compite con un Frente en el prontuario amoroso de tu esposa?). En una de esas es mejor que no lo sepa, que no se entere que el corazón atravesado por la bala llevaba todavía su nombre (¿cómo se lidia con eso?).
Me fui por las ramas: es que este libro me ha gustado tanto que quisiera contarles todas mis impresiones. Me ha gustado y desanimado al mismo tiempo: esto que cuenta Alarcón es de verdad: lo puedo leer desde la incierta comodidad del asiento del 96, lo puedo leer como una novela pero no soy idiota...
Cuando vi la película La virgen de los sicarios (no leí la novela), le pregunté a una amiga colombiana cómo se podía vivir así. Era el 2001. Ella me dijo: uno se acostumbra. Y es verdad: uno se acostumbra.
Busqué esta canción "Cuando me muera quiero que me toquen cumbia", que es la que escuchó el mejor amigo de el Frente, en la cárcel, cuando le avisaron que había caído su amigo; la busqué en you tube y no la encontré: si alguien sabe dónde que me avise, me gustaría escucharla.
jueves 19 de marzo de 2009
Brevísimo Cielo
Ana maría fue robada. Iba en su auto y un hombre joven hizo estallar el vidrio de la ventanilla con el hombro y rajó con su cartera. La dejó perpleja en Figueroa Alcorta y Tagle, sin tarjetas, sin llaves, sin los 40 pesos que tenía en la billetera. Ana María es una de las mejores actrices nacionales, quien haya visto su trabajo en Breve cielo, una enormísima, de verdad enormísima, película de David Kohon, del año 69, puede atestiguarlo.
O la hermosura lírica de su composición en La Tregua de Renán.
Quien haya disfrutado como perro su pequeña participación en El exilio de Gardel, de Solanas, lo sabe. Quien haya visto Chechechela de Kamín puede recontraconfirmarlo, quien se haya asombrado por cómo remontaba los textos indecibles de Mujeres de nadie, la espantosa novela del año pasado en Canal 13, o la escena de su despedida en la horrible Costumbres Argentinas (del señor Tinelli, que pone la nariz en la raya del orto de las bailarinas para después cortarles con tijera la bombachita ) sabrá lo que es una lección de actuación y de ética de trabajo.
Ana María sufrió la visita de un chorro y, en vez de gritar como una loca frívola y mala, dijo que estaba muy triste por ella y por ese pibe que mañana iba a tener que hacer lo mismo. Que son tres generaciones de personas sin sueños, que todos vimos cómo se construía esto a lo largo de los años y que el problema de la inseguridad es complejo, no es un asunto de exclusividad de este gobierno, y que falta mucho para que pueda resolverse. Pero fundamentalmente dijo que estaba triste y que se había quedado temblando.
Querida Ana María Picchio, yo ya te quería y te admiraba de verdad como a una de las mejores, sobre todo por tu trabajo en la actuación pero también porque nunca la fuiste de gran actriz nacional, ni de mujer comprometida, ni de resistente de la cultura, ni de intelectual de tu tiempo con gesto grave en la entrega de los martinesfierros.
Sin embargo, creeme querida Ana María, ahora me encantaría abrazarte para calmar el tembladeral y agradecerte mucho que en medio de la ignorancia y la brutalidad de tanta y tanto hijo de puta irreversible tus palabras hayan sido tan amorosas, a pesar de todo.
O la hermosura lírica de su composición en La Tregua de Renán.
Quien haya disfrutado como perro su pequeña participación en El exilio de Gardel, de Solanas, lo sabe. Quien haya visto Chechechela de Kamín puede recontraconfirmarlo, quien se haya asombrado por cómo remontaba los textos indecibles de Mujeres de nadie, la espantosa novela del año pasado en Canal 13, o la escena de su despedida en la horrible Costumbres Argentinas (del señor Tinelli, que pone la nariz en la raya del orto de las bailarinas para después cortarles con tijera la bombachita ) sabrá lo que es una lección de actuación y de ética de trabajo.
Ana María sufrió la visita de un chorro y, en vez de gritar como una loca frívola y mala, dijo que estaba muy triste por ella y por ese pibe que mañana iba a tener que hacer lo mismo. Que son tres generaciones de personas sin sueños, que todos vimos cómo se construía esto a lo largo de los años y que el problema de la inseguridad es complejo, no es un asunto de exclusividad de este gobierno, y que falta mucho para que pueda resolverse. Pero fundamentalmente dijo que estaba triste y que se había quedado temblando.
Querida Ana María Picchio, yo ya te quería y te admiraba de verdad como a una de las mejores, sobre todo por tu trabajo en la actuación pero también porque nunca la fuiste de gran actriz nacional, ni de mujer comprometida, ni de resistente de la cultura, ni de intelectual de tu tiempo con gesto grave en la entrega de los martinesfierros.
Sin embargo, creeme querida Ana María, ahora me encantaría abrazarte para calmar el tembladeral y agradecerte mucho que en medio de la ignorancia y la brutalidad de tanta y tanto hijo de puta irreversible tus palabras hayan sido tan amorosas, a pesar de todo.

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